El multimillonario necesitaba una prometida falsa, pero nunca imaginó que terminaría enamorándose de verdad

Avatar penulis
Cerita 01
11 menit baca 460 tayangan
El multimillonario necesitaba una prometida falsa, pero nunca imaginó que terminaría enamorándose de verdad
Indeks

PARTE 2

Alejandro recorrió con la mirada toda la zona detrás del escenario.

Su expresión cambió de inmediato.

Se puso en alerta.

Y Sofía se dio cuenta.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

Alejandro no respondió enseguida. Se agachó, tomó el pequeño dispositivo con un pañuelo de papel y lo examinó sin tocar directamente los bordes.

—¿Tiene cámaras de seguridad en esta zona?

El multimillonario necesitaba una prometida falsa, pero nunca imaginó que terminaría enamorándose de verdad

—Sí. Dos en el pasillo y otra cerca de la entrada de proveedores.

—No deje que nadie borre las grabaciones.

Sofía frunció el ceño.

—Alex, está empezando a asustarme.

Él levantó la vista.

—No creo que este dispositivo sea peligroso. Parece un transmisor de señal barato, probablemente colocado para causar interferencias. Pero alguien entró aquí, cortó un cable y puso esto debajo de la consola. Eso significa que no fue un accidente.

Sofía miró hacia el salón principal, donde varios trabajadores terminaban de colocar manteles mientras los primeros invitados comenzaban a llegar.

—No puedo detener la boda.

—No tiene que hacerlo.

—¿Y qué propone?

—Que actúe como si no hubiéramos descubierto nada.

Ella lo observó con desconfianza.

—¿Y usted?

Alejandro sonrió apenas.

—Yo voy a asegurarme de que no vuelva a pasar.

Sofía no entendía quién era aquel hombre.

Había llegado pidiendo empleo por un día, llevaba horas cargando cajas como cualquier trabajador eventual y, sin embargo, hablaba con la calma de alguien acostumbrado a manejar problemas mucho más grandes.

—Alex…

—¿Sí?

—¿A qué se dedicaba antes de venir aquí?

Alejandro se quedó callado unos segundos.

—A resolver problemas.

—Esa respuesta no significa absolutamente nada.

—Lo sé.

—Y claramente lo hizo a propósito.

—También lo sé.

Sofía negó con la cabeza.

—Es usted muy extraño.

—Me lo han dicho antes.

No tuvieron tiempo de seguir hablando.

La coordinadora de la ceremonia apareció corriendo.

—¡Sofía! ¡La novia está a punto de bajar!

Sofía respiró hondo.

—Bien. Tenemos trabajo.

Durante las siguientes dos horas, la boda se desarrolló sin más incidentes.

La ceremonia comenzó puntual. Las luces funcionaron. La música sonó exactamente cuando debía sonar. Los invitados aplaudieron cuando los recién casados entraron al salón y Sofía finalmente pudo respirar con algo de tranquilidad.

Alejandro, en cambio, no dejó de observar.

Cerca de las diez de la noche vio a un joven del equipo de montaje intentando entrar nuevamente al área de sonido.

Alejandro se acercó.

—¿Necesitas algo?

El hombre se sobresaltó.

—Solo olvidé una herramienta.

—¿Cuál?

—Un desarmador.

Alejandro señaló una caja abierta a menos de un metro.

—Hay cinco ahí.

El joven dudó.

—El mío es diferente.

—Entonces dime cómo es.

La expresión del hombre cambió.

Alejandro no tuvo que hacer nada más.

El joven se dio media vuelta y se alejó.

Alejandro sacó discretamente su teléfono y tomó una fotografía.

Cuando terminó el evento, encontró a Sofía sentada en una silla plegable detrás del escenario, descalza, sosteniendo sus zapatos de tacón en una mano.

—Sobrevivimos —dijo ella.

Alejandro le entregó una botella de agua.

—Por poco.

Sofía bebió un largo trago.

—¿Encontró algo?

Alejandro le mostró la fotografía.

Ella palideció.

—Lo conozco.

—¿Quién es?

—Se llama Iván. Trabajó con nosotros hace meses. Lo despedimos porque robaba material de los eventos.

—¿Y por qué estaba aquí hoy?

—No lo sé. No estaba contratado.

Alejandro guardó el teléfono.

—Entonces mañana debería entregar las grabaciones a la administración del lugar y presentar un reporte.

Sofía lo miró.

—Habla como abogado.

—No soy abogado.

—Como policía.

—Tampoco.

—¿Ingeniero?

Alejandro sonrió.

—Más cerca.

—¿Entonces qué demonios es?

Él soltó una pequeña risa.

—Esta noche soy el hombre que movió treinta y cuatro mesas, reparó un sistema de sonido y descubrió que debería haber usado zapatos más cómodos.

Sofía rió.

Fue la primera vez que Alejandro la escuchó reír de verdad.

Y algo extraño ocurrió.

No fue una atracción inmediata, ni el tipo de fascinación superficial que había sentido cientos de veces por mujeres elegantes que conocía en cenas empresariales.

Fue tranquilidad.

Sofía no sabía quién era.

No sabía cuánto dinero tenía.

No sabía que su apellido aparecía en revistas financieras.

Y aun así, cuando Alejandro se había presentado sin nada que ofrecer excepto dos manos dispuestas a trabajar, ella lo había tratado con respeto.

—¿Tiene dónde dormir? —preguntó de pronto Sofía.

Alejandro arqueó una ceja.

—Esa pregunta suena peligrosa.

—No sea idiota. Pregunto porque dijo que venía de Guadalajara y ya es casi medianoche.

—Tengo un pequeño hotel reservado cerca.

—¿Un hotel?

—Sí.

—¿Y mañana?

Alejandro pensó un momento.

—No tengo planes.

Sofía sonrió.

—Entonces venga a trabajar otra vez.

—¿Habla en serio?

—Nos falta personal para un evento corporativo. Pago quinientos pesos por el día y comida.

Alejandro tuvo que esforzarse para no reír.

Había negociado contratos por cientos de millones de pesos sin parpadear.

Pero aquella oferta de quinientos pesos le produjo una satisfacción absurda.

—Acepto.

Durante los siguientes días, Alejandro siguió trabajando con Sofía.

Nadie sabía quién era.

Ella dirigía una pequeña empresa de organización de eventos que había fundado con su hermana tres años atrás. No era una compañía grande ni especialmente rentable, pero Sofía conocía cada detalle de su negocio.

Podía decorar una mesa, discutir precios con un proveedor, cargar cajas, diseñar invitaciones y, si era necesario, limpiar el piso al terminar una fiesta.

Alejandro comenzó a admirarla.

También comenzó a disfrutar algo que nunca había tenido: anonimato.

Comía tacos en puestos de carretera, conducía una camioneta vieja de la empresa y ayudaba a desmontar estructuras a las dos de la mañana.

Sofía, por su parte, empezó a sentir curiosidad.

Alex no se comportaba como un trabajador eventual.

Sabía leer contratos.

Entendía balances financieros.

Una tarde solucionó una disputa con un proveedor explicándole exactamente qué cláusula del acuerdo permitía rechazar un cobro adicional.

Otra vez, mientras Sofía intentaba negociar el alquiler de un salón, Alex tomó una calculadora y en menos de cinco minutos demostró que el precio ofrecido escondía cargos duplicados.

—Definitivamente no eres un hombre común —le dijo ella.

Habían dejado de hablarse de usted hacía varios días.

—¿Eso es un cumplido?

—Todavía no lo sé.

Una noche se sentaron en la parte trasera de la camioneta después de un evento en Tesistán.

Comían tortas ahogadas dentro de recipientes de cartón mientras el equipo terminaba de guardar sillas.

Sofía lo miró.

—¿Por qué estás aquí realmente?

Alejandro dejó de comer.

—Te dije que necesitaba alejarme.

—Eso no responde nada.

—¿Por qué te importa?

Ella bajó la mirada.

—Porque empiezas a importarme.

La sinceridad de la frase lo dejó sin defensa.

Durante años había tratado con personas que convertían cada palabra en una negociación.

Sofía simplemente decía lo que sentía.

Alejandro respiró hondo.

—Mi familia tiene una empresa.

—Eso ya lo imaginaba.

—Es grande.

—¿Qué tan grande?

—Bastante.

Ella lo estudió.

—¿Y trabajas ahí?

—Sí.

—¿Qué haces?

Alejandro dudó.

—Dirijo algunas cosas.

Sofía soltó una carcajada.

—Eres terrible mintiendo.

—No estoy mintiendo.

—“Dirijo algunas cosas” es la frase más sospechosa que he escuchado en mi vida.

Alejandro sonrió.

—Algún día te contaré todo.

Sofía dejó su comida a un lado.

—No quiero que algún día descubra que tienes esposa.

—No tengo esposa.

—¿Novia?

—No.

—¿Prometida?

Alejandro negó.

—Definitivamente no.

Sofía sostuvo su mirada unos segundos.

—Bien.

—¿Por qué?

Ella volvió a tomar su torta.

—Por ninguna razón.

Pero ambos sabían que era mentira.

Dos semanas después, Alejandro regresó a Guadalajara.

Ricardo Serrano lo esperaba en su oficina.

—Pareces diferente.

Alejandro se dejó caer en una silla.

—Trabajé cargando mesas durante dos semanas.

Su padre parpadeó.

—¿Perdón?

—Y descubrí que soy sorprendentemente bueno instalando bocinas.

Ricardo lo observó como si intentara decidir si su hijo había perdido la razón.

—¿Eso era tu gran viaje espiritual?

—En parte.

—¿Y la otra parte?

Alejandro pensó en Sofía.

—Conocí a alguien.

Ricardo sonrió lentamente.

—Ahora entiendo.

—No entiendes nada.

—Llevas treinta y nueve años entrando en esta oficina con la misma cara. Hoy pareces un adolescente intentando ocultar algo.

Alejandro iba a responder cuando su asistente entró.

—Señor Serrano, necesitamos confirmar su asistencia a la gala de la Fundación Alcázar.

Alejandro hizo una mueca.

—Cancélala.

Ricardo negó.

—No puedes.

—¿Por qué?

—Porque tu abuela será homenajeada.

Alejandro cerró los ojos.

—Perfecto.

La gala era exactamente el tipo de evento que había querido evitar.

Cámaras, empresarios, familias adineradas y una cantidad interminable de personas interesadas en su estado sentimental.

Y había un problema adicional.

Desde hacía semanas circulaba el rumor de que Alejandro estaba considerando vender parte de Grupo Serrano a un fondo extranjero.

No era cierto.

Pero algunos miembros del consejo estaban usando su vida privada como argumento para afirmar que se había vuelto impredecible.

Ricardo empujó un documento hacia él.

—Hay algo más.

Alejandro lo leyó.

—¿Qué es esto?

—La familia Alcázar quiere discutir una alianza.

—Perfecto.

—Y aparentemente su hija, Valeria, estará en la gala.

Alejandro levantó la mirada.

—No.

—Yo no dije nada.

—Sí lo dijiste sin decirlo.

Ricardo se encogió de hombros.

—La prensa lleva años intentando emparejarlos.

—No pienso prestarme a eso.

Dos días después, Alejandro recibió una llamada de su abuela.

—Vienes a la gala.

—Abuela…

—Y traerás acompañante.

—No.

—Alejandro.

—No tengo acompañante.

—Entonces consigue una.

La llamada terminó.

Alejandro miró su teléfono.

Solo había una persona en la que podía pensar.

Una hora después llamó a Sofía.

—Necesito pedirte un favor.

—Eso suena preocupante.

—¿Estás libre el sábado?

—Depende.

—Necesito que seas mi prometida.

Hubo diez segundos completos de silencio.

—¿Qué?

—Falsa.

—Eso no mejoró la frase.

Alejandro cerró los ojos.

—Déjame explicarte.

Sofía escuchó la historia.

La gala.

Los rumores.

Los inversionistas.

La presión de algunas familias por vincularlo sentimentalmente con personas de su círculo.

Pero Alejandro siguió ocultando una cosa.

Todavía no le dijo que él era el director general de Grupo Serrano.

—Solo necesito que vengas conmigo y digas que estamos comprometidos —explicó—. Una noche.

—¿Y por qué yo?

Alejandro tardó demasiado en responder.

—Porque confío en ti.

Sofía permaneció callada.

—¿Dónde es la gala?

—En Guadalajara.

—¿Qué clase de empresa tiene tu familia?

Alejandro respiró hondo.

—Te prometo que te lo explicaré antes de entrar.

—Eso suena cada vez peor.

—Probablemente porque lo estoy explicando muy mal.

Sofía suspiró.

—¿Qué tendría que hacer?

—Nada complicado. Sonreír, soportar gente aburrida y fingir que me amas durante unas horas.

—Esa última parte podría ser más fácil de lo que crees.

Alejandro dejó de respirar por un segundo.

—¿Qué dijiste?

—Que acepto.

—Sofía…

—Nos vemos el sábado, Alex.

Y colgó.

Aquella tarde, Alejandro descubrió que había cometido un error.

Porque lo que había comenzado como una mentira conveniente estaba a punto de obligarlo a enfrentar la única verdad que llevaba semanas evitando.

Estaba enamorándose de ella.

Y todavía no le había contado quién era realmente.

El sábado, Alejandro llegó por Sofía en un automóvil discreto.

Ella salió de su casa usando un vestido verde oscuro sencillo, elegante y sin ninguna de las extravagancias que él estaba acostumbrado a ver en las galas.

Alejandro se quedó completamente inmóvil.

Sofía levantó una ceja.

—¿Tan mal está?

—No.

—Entonces di algo.

—Se me olvidó cómo.

Ella sonrió.

—Buen comienzo para un prometido.

Durante el camino, Sofía notó que Alejandro estaba nervioso.

—¿Vas a contarme por fin el gran secreto?

Alejandro miró hacia adelante.

—Sí.

El automóvil se detuvo frente al hotel donde se celebraba la gala.

Había decenas de fotógrafos.

Sofía frunció el ceño.

—Alex…

Entonces escuchó a uno de los reporteros gritar.

—¡Señor Serrano! ¡Alejandro Serrano, por aquí!

Sofía se quedó congelada.

Alejandro la miró.

—Mi nombre completo es Alejandro Serrano.

Ella no respondió.

—Soy director general de Grupo Serrano.

Sofía volvió lentamente la cabeza hacia él.

—¿Grupo Serrano?

—Sí.

—¿La empresa de infraestructura, telecomunicaciones y energía?

—Sí.

—¿La que vale miles de millones?

Alejandro asintió.

Sofía apartó la mirada.

—Me mentiste.

—Nunca te dije algo falso.

—No. Solo omitiste el noventa y nueve por ciento de la verdad.

—Sofía…

Ella abrió la puerta.

—Tenemos una actuación que terminar.

Salieron del automóvil.

Los fotógrafos comenzaron a disparar sus cámaras.

Alejandro tomó suavemente su mano.

Sofía permitió que lo hiciera.

Pero él sintió inmediatamente que algo había cambiado.

Entraron juntos al salón.

Decenas de personas voltearon hacia ellos.

Ricardo Serrano los esperaba cerca de la entrada.

Alejandro se acercó.

—Papá, ella es Sofía Mendoza.

Ricardo sonrió con calidez.

—Por fin.

Sofía miró a Alejandro.

—¿Por fin?

Ricardo comprendió demasiado tarde.

—Creo que dije algo que no debía.

Alejandro cerró los ojos.

—Papá.

Sofía soltó su mano.

Antes de que pudieran hablar, varios periodistas se acercaron.

—Señor Serrano, ¿es cierto que hay un compromiso?

Alejandro miró a Sofía.

Ella levantó ligeramente la barbilla.

Habían acordado interpretar el papel.

Así que extendió la mano izquierda.

Alejandro colocó allí un sencillo anillo que había comprado esa mañana.

Los flashes explotaron alrededor.

—Sí —dijo Alejandro—. Estamos comprometidos.

Sofía sonrió para las cámaras.

Pero detrás de aquella sonrisa había una pregunta mucho más peligrosa.

¿Cuánto de todo aquello era mentira?

Y Alejandro todavía no sabía responderla.